RICO, POBRE Y ENRIQUECEDOR

“Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos (2 Corintios 8:9).

Posiblemente no nos resulte difícil entender el significado de la palabra Gracia, pero la manifestación de la gracia divina a través del Hijo de Dios sobrepasa lo humanamente sondable, lo mentalmente comprensible, lo verbalmente expresable. A pesar de ello, es gracia que se puede experimentar. Miremos un tanto de ella aquí.

La gracia de nuestro Señor muestra su grandeza, primero, en la realidad de las posesiones eternas del Hijo, contenidas en estas dos palabras, siendo rico. Él tuvo gloria con el Padre antes que el mundo fuese (Jn 17:5). En cuanto a su indiscutible divinidad, él es el Unigénito del Padre (Jn 1:14), es eternamente el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia (He 1:3). Además, el Universo fue hecho por medio de él y para él (Col 1:16).

El Padre lo constituyó heredero de todo y mandó a la corte angelical a adorarlo en pleno (He 1:2,6). Él es el prototipo de Melquisedec; no tiene principios de días ni fin de vida (He 7:3). Él era antes que Abraham, y vivía por los siglos, antes que su llegada al seno virginal pudiera convertir en madre a una joven de Nazaret llamada María (Ver Jn 8:58; Lc 1:30-35). Él es Hijo eternamente, pero en la misma dimensión inmensurable donde el tiempo no se puede contar, es también Padre Eterno (Isa 9:6). ¡Qué riqueza! ¡Y hay muchísimo más de ello! Pero el tiempo nos faltaría.

Mas, donde la gracia de Cristo nos deja inmensamente absortos, es en que el Señor se hizo pobre. Así que, en la encarnación del Hijo hubo un despojo voluntario y temporal de derechos innatos en la nomenclatura de su propia divinidad. Él podría haberse encarnado y, aun así, mantener intacto el ejercicio de todas las capacidades adherentes a su omnipotencia. Él podría, sin instigación de Satanás, convertir piedras en pan para su alimentación diaria (Vea Mt 4:3), o beber agua de las peñas heridas por su poderosa voz.

Él podría haber sacado siempre el dinero hasta de las bocas de los peces para pagar sus impuestos a César (Ver Mt 17:24-27). Él, que guardó sin envejecimiento los vestidos del pueblo judío por cuarenta años en el desierto (Dt 8:4), podría sin esfuerzo alguno, preservar también su ropa y no necesitar de personas que le sirvieran de sus bienes (Lc 8:3). Mas en su caminar terrenal, no tenía ni donde recostar su cabeza (Mt 8:20).

Él, que era más poderoso que Elías y que Juan el Bautista (Mt 3:11), podría haber consumido con fuego al gobernador, cuando en su juicio, la balanza de la justicia romana exponía la vileza de un representante tan pusilánime como Pilato. Pero el camino asignado era la cruz. Mas, el hacerse pobre no significaba pérdida de poder, sino escogimiento de una senda por donde también habrían de caminar luego las huestes de sus seguidores. Él se manifestó como el Hijo del hombre a los que no gozan de una alteza tan excelsa como la que singularmente posee al ser el divino Hijo de Dios. Fue motivado por amor que lo hizo, ese amor que excede a todo entendimiento, pero que la palabra gracia sirve muy bien para expresar (Ver Ef 3:19).

Primero rico, luego pobre y, en tercer lugar, enriquecedor: … para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos. Si hubiese aparecido al mundo en todo el esplendor de sus glorias celestiales, hubiese sido rechazado precisamente por aquellos a quienes venía a socorrer. Pero aquel que es más sublime que los cielos (He 7:26), hizo de su vida la inversión más inenarrable de la historia. Su misión no era solamente pagar el precio por nuestro rescate, sino que a los que justificó, a estos también glorificó (Ro 8:30). Por eso pidió al Padre que sus discípulos pudieran ver la gloria que le había sido dada (Jn 17:24).

Todo lo que nos hace falta, Cristo nos lo da conforme a sus riquezas en gloria (Fil 4:19). Los que buscan el reino de Dios y su justicia, recibirán como añadidura todo lo necesario para la vida humana (Mt 6:33). Pero las verdaderas riquezas de Cristo son mejores que aquellas de tipo tan efímero que no puede comprar la paz, ni hacer conciliar el sueño, y menos adquirir el cielo como hogar eterno. Las que nos ha dado son riquezas en gloria, y desde ahora las disfrutamos, pues tenemos las primicias del Espíritu y ya gustamos de los poderes del siglo venidero (Ver 2 Co 1:22; He 6:5). De esas riquezas, dijo Asaf: Me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria. ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra (Sal 73:23-25).

Cuando Zaqueo recibió de Cristo el tesoro de la salvación, estuvo dispuesto a dar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver en cuatro tantos a quienes hubiese defraudado (Lc 19:8). Cuando Pablo recibió la excelencia del conocimiento del Señor, estimó todas las cosas como pérdida y lo tuvo todo por basura para ganar a Cristo (Ver Fil 3:8). Definiendo lo que significa ser verdaderamente ricos, testificó a los Corintos, que ellos habían sido enriquecidos en todas las cosas en Cristo, en toda palabra y en toda ciencia (1 Co 1:5). Hay pobres que son ricos en fe y herederos del reino que Dios ha prometido a los que le aman (Stg 2:5).

Por eso, el mandamiento a los ricos de este mundo es que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, como lo hacía Dorcas, en la ciudad de Jope (1 Ti 6:17,18; Hch 9:36). El testimonio de Pablo sobre las iglesias de Macedonia menciona la gracia de Dios que se les dio, de modo que, aun en medio de una tremenda prueba de tribulación, tenían abundante gozo, y aunque padecían una profunda pobreza, abundaron en riquezas de su generosidad (2 Co 8:1-2).

Cuando el hijo pródigo se iba del hogar paternal, lo que pidió fue bienes materiales. Pero cuando perdió todo bienestar y llegó a padecer hambre y necesidad, curiosamente, su suspiro no fue recuperar las riquezas. Lo que anhelaba era estar en la casa de su padre (Ver Lc 15:12,17-19). Amados, Cristo nos ha dado vida eterna y nos promete estar eternamente en la casa del Padre en los cielos. Esto justifica colmadamente la decisión de haberle entregado a él el control de toda nuestra existencia.

¡Amemos a aquel que, habiendo sido RICO, se hizo POBRE y sin duda, es nuestro ENRIQUECEDOR!

En él,

Vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez.

El Dr. Eliseo Rodríguez es el Pastor Principal de la Iglesia Evangélica Monte de Sion en la ciudad de Miami. Es además Miembro de la Junta Directiva de la Universidad UNPI, y escritor de varios libros, tales como, El Cordero Inmolado, Acontecimientos del Fin, entre muchos otros. El pastor, posee una vasta experiencia en el campo misionero Internacional. Ha viajado por Norte, Centro, Sur América, El Caribe, el Medio Oriente y el Norte de África, llevando las Buenas Nuevas de Salvación y Equipando al Cuerpo Ministerial.