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¡QUÉ NO HARÁN AL ÁRBOL SECO!

La última cátedra que tuvo Jesús con sus doce discípulos antes de ser llevado como Cordero al matadero, ocurrió en un gran aposento alto, en la ciudad de Jerusalén (Mr 14:15). Resultaría muy interesante lo que Jesús tenía que decirles antes de morir. Por eso allí les dio las instrucciones precisas acerca de la marcha del Evangelio, y oró por todos sus discípulos. Lo que Jesús les enseñó aquella noche, debe ser considerado como una de las asignaturas más importantes de todo proyecto educativo de la casa de Dios. Fue un concentrado ministerial de alto nivel recopilado en el Evangelio de Juan desde los capítulos 13 hasta el 17.

Unas cuantas horas después, el cuerpo del Señor está completamente ensangrentado, sus huesos se pueden contar a causa de los azotes (Sal 22:17), su parecer está desfigurado de entre los hombres (Isa 52:14), la maldición de las espinas con que Dios castigó la tierra por el pecado de Adán, está siendo llevada sobre la cabeza del Salvador en una corona tejida, también de espinas (Gn 3:18; Mt 27:29). Sobre sus hombros heridos por los azotes, carga su cruz (Jn 19:17). Y mientras sube, Simón de Cirene, un hombre africano, oriundo de lo que hoy es Libia, es obligado a llevar la cruz del Señor (Mr 15:21). Una multitud le sigue, y dentro de ella, mujeres que lloran y hacen lamentación por él. Pero el Señor les dice: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos. Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, ¿qué no se hará? (Lc 23:28-31). De esta aseveración divina, aprendemos varias lecciones:

La primera es que Cristo personifica en sí mismo al árbol verde. Él es robusto espiritualmente, fructífero en forma incomparable. Nadie es como él en el verdor de su consagración a la voluntad del Padre, él es el Olivo verde en la casa de Dios (Sal 52:8). Nadie igualó terrenalmente su vida de comunión con el Padre, nadie fue como él en su vida de oración, pues pasaba noches enteras a solas en el monte, orando a Dios (Lc 6:12). No tuvo par en cuanto a vivir lejos de aquello que marchita un árbol, el pecado. Aun en las esferas invisibles se le conoce como el santo de Dios (Mr 1:24). Como él, frondoso para con Dios, es que la Biblia llama a vivir a los que son del Camino, y dice cómo es la conducta bienaventurada de quien profesa esa fe: no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. La comparación a ese modo de vivir creyente, es a la de un árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto a su tiempo y su hoja no cae y todo lo que hace prosperará (Ver Sal 1:1-3). Las buenas obras no nos salvan, mas son el fruto de una fe verdadera. Fuimos creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Ver Ef 2:10).

Segundo, aun siendo el árbol verde, nuestro Señor soportó el fuego de la más terrible hostilidad del mundo en su contra. Él no es un mero hijo de Jerusalén; se trata del Señor de ella, pues aquella era la ciudad del gran Rey (Sal 48:2). Aunque transita dejando las huellas de su dolor en su colorear con sangre las callejuelas de la vieja ciudad, va coronado. Aunque era de espinas, la corona es la de un rey. Aquella era una corona de muerte, pero a través de aquel dolor inenarrable, sacaría a luz la vida y la inmortalidad por el Evangelio (2 Ti 1:10). Jesús nos muestra que el árbol verde no puede escapar de la persecución odiosa de este mundo. El mundo odia la fe, la piedad que resulta de ella, el fruto de santificación que brota de la comunión con Dios y, por tanto, se ensañará siempre contra todo lo que fructifica espiritualmente. Pero la llama de tal vileza no logra quemar aquello que está plantado junto a la fuente de vida que brota del trono de Dios. Hay promesas como esta: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti (Isa 43:2). A veces, estamos derribados, pero no destruidos (2 Co 4:9). La cruz no pudo eliminar a Cristo, porque él es el Autor de la vida y, por tanto, venció la muerte para siempre (Hch 2:24; 3:15). Nuestra victoria con él no pudo ser mejorada en expresión alguna a esta: Pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque él es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con él son llamados y elegidos y fieles (Ap 17:14).

En tercer lugar, en contraste con aquella Vid Verdadera, Israel estaba seco espiritualmente. El contexto donde Jesús habló estas palabras lo demuestra. Los hijos de ese pueblo estaban rechazando a su Mesías. Cinco días antes, Jesús lloró sobre Jerusalén, la misma ciudad por donde ahora transita hasta el patíbulo donde obraría nuestra redención. Dijo que ella mataba a sus profetas y apedreaba a los que le eran enviados (Mt 23:37). Ahora sus residentes han gritado frenéticamente frente a Pilato, crucifícale, crucifícale (Lc 23:21). Hasta han pedido que la sangre de Jesús sea demandada de ellos y de sus hijos (Mt 27:25). Bien dijo Isaías, que el Mesías subiría cual renuevo delante de Dios y como raíz de tierra seca (Isa 53:2). Juan el Bautista advirtió: todo árbol que no da buen fruto será cortado y echado al fuego (Mt 3:10). Cristo pronunció un ay para el árbol seco. Por tanto, ¡ay de aquellos árboles secos donde ya no hay citas a solas con Dios, donde la Biblia dejó de ser traída como lámpara a los pies y lumbrera al camino! (Sal 119:105). ¡Ay de aquellos árboles secos donde la piedad se esfumó por la embriaguez del amor al dinero, donde la esperanza de la vida eterna se ha escurrido entre los deleites temporales del pecado! ¡Ay de aquellos pódiums cristianos donde el mensaje dejó de ser Cristo y éste crucificado (1 Co 2:2), donde la palabra santidad parece ser sacada del vocabulario litúrgico de las reuniones! ¡Ay de aquella congregación que pareciera haber perdido su sentido de cuerpo de Cristo para llegar a ser una mera sociedad! ¡Ay de nosotros si hacer sentir bien a los hombres, sustituye agradar a Dios en todo! Unos cuarenta años después de la muerte y resurrección del Señor, Jerusalén fue barrida hasta los cimientos, el templo fue quemado y no quedó piedra sobre piedra que no fuera derribada (Lc 19:44).

Pero, amados, la buena noticia es que aun a una iglesia tan seca como Laodicea, todavía la voz del Señor le resuena amorosamente desde afuera: He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo (Ap 3:20). ¡Es tiempo de reverdecer! Pues si no,

¡Qué no harán al árbol seco!

Con temor reverente,

Pst. Eliseo Rodríguez