MIEMBROS CRISTIANOS DE LA IGLESIA

Aunque a simple vista pudiera parecer una redundancia, realmente no lo es. La dignidad tan alta de la iglesia exige un cristianismo auténtico de quienes ostentan su membresía. Para que esta condición se cumpla, se necesitan varios factores importantes, a los cuales dedicamos este material. Acompáñenme, por favor, a descubrirlos:

Primero, se necesita discernir el carácter de la iglesia, tal y como lo brinda la Palabra. Si no tenemos luz sobre la iglesia y su identidad divina, podríamos hacer descender los estándares de sus componentes. La iglesia no es una congregación; si lo fuera, todos los que entraran a ese medio serían miembros de ella, no importando el estado espiritual de los involucrados. Pero la congregación es sólo una de las expresiones que puede tomar la iglesia. Así lo dejó ver Pablo: Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar… (1 Co 14:23 a). La iglesia, esté congregada, o predicando el evangelio en las calles, todavía es originaria del cielo y la forma de pertenecer a ella tiene matiz sobrenatural. Pablo echó en cara a los corintios su menosprecio por la iglesia (1 Co 11:22), y por esa causa, las conductas de los afiliados a ella dejaban mucho qué desear de acuerdo al patrón divino para los verdaderos cristianos (1 Co 3:3). El Nuevo Testamento traza muy claramente la diferencia entre los visitantes a la congregación, y los miembros de la iglesia como entidad. Por ejemplo, Pablo dice que indoctos e incrédulos pueden entrar a la congregación (1 Co 14:23 b). También Santiago menciona que, a la congregación, lo mismo pudiera entrar un hombre con anillo de oro y ropa espléndida, que un pobre con vestido andrajoso (Stg 2:2). Pero estos pasajes no otorgan carácter de miembros de la iglesia ni al indocto, ni al incrédulo, ni al hombre pudientemente vestido, ni al pobre mal ataviado. Sólo los trata como quienes entran a la congregación, y la Palabra traza las directrices que los miembros de la iglesia deben asumir para con dichos visitantes. Así que, la iglesia no es un culto; es algo mucho más elevado y de carácter mucho más perdurable.

En segundo lugar, la iglesia es el cuerpo de Cristo. Ella está indivisiblemente unida a él por origen, por el precio pagado a su favor, por el sustento constante que recibe y por la comisión que el propio Salvador le ha encomendado. Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella (Ef 5:25). Él la llama mi iglesia, la ganó con su propia sangre (Ver Mt 16:18; Hch 20:28). Él sustenta y cuida a la iglesia y ha encargado a ella la predicación del Evangelio y el mantener en alto la Verdad (Ef 5:29; Hch 1:8). Por estas razones nadie debe pretender llamarse miembro de la iglesia por solamente estar congregado, sin que haya una participación de vida con el redentor, sustentador y apóstol de la profesión cristiana, Cristo Jesús. ¡Qué miserable condición representaría para alguien estar inscrito en el libro de membresía de la iglesia y no en el libro de la vida del cielo! Sólo quienes sean pámpanos fructíferos de la Vid verdadera, pueden hacerse llamar miembros cristianos de la iglesia. Esta verdad afecta al hombre como individuo. Cristo habló en singular cuando dijo: el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios… el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3:3,5). El arrepentimiento, la fe y la experiencia del nuevo nacimiento, componen requisitos indispensables para ser añadidos a la iglesia, y nadie puede hacer ni experimentar por otro, dichos requerimientos divinos.

En tercer lugar, pesa en los hombros de los ministros el tener una visión cristiana de la iglesia para poder orientar a los creyentes hacia una membresía verdaderamente cristiana en ella. Cristo mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas y a otros pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo. La meta es, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Ver Ef 4:11-13). La obra del ministerio se hace directamente en la iglesia con el propósito de cimentar la fe, conocimiento y modelaje de los creyentes, en Cristo Jesús. Pablo le daba más importancia a que Cristo fuese predicado, que a las motivaciones para hacerlo: Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad… ¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún (Fil 1:15,18).

La historia de la iglesia detalla que a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía, durante la obra misionera de Bernabé y Saulo allí. Ambos se congregaron todo un año con esa iglesia y enseñaron a mucha gente (Hch 11:26). El aprovechamiento de la vida de Cristo en los discípulos Antioqueños fue tan notable, que se les renombró cristianos. Cristo era la doctrina cardinal de la iglesia del principio, y debe ser siempre así, porque el asunto principal sobre el cual trata la Biblia es la persona del Hijo de Dios. Con su doctrina acopla perfectamente toda la Palabra. Hay una armonía perfecta entre la Palabra y el Verbo, o sea, entre la Biblia y Jesucristo. Si los predicadores lo llegamos a saber, Cristo aparecerá siempre en nuestras disertaciones, enseñanzas y prédicas, y ello ayudará a forjar el carácter cristiano de los miembros de la iglesia. El Pentateuco de Moisés, los libros de historia, la poesía sagrada, la profecía escrita, los Evangelios, el libro de Los Hechos, las Epístolas y hasta el libro de Apocalipsis, todo de principio a fin, es la obra de Dios revelando al hombre su necesidad de redención, provista solamente en la persona de su Hijo. ¡Permita el Señor que sus ministros centremos nuestro mensaje en el Hijo de Dios, que nos propongamos no saber cosa alguna entre los creyentes, sino a Jesucristo, y a este crucificado! (Ver 1 Co 2:2). Si esto hacemos, a los discípulos de hoy también se les podrá llamar cristianos y, entonces, podremos decir que hoy todavía existen

miembros cristianos de la iglesia.

Con todo amor,

Pst Eliseo Rodríguez.

El Dr. Eliseo Rodríguez es el Pastor Principal de la Iglesia Evangélica Monte de Sion en la ciudad de Miami. Es además Miembro de la Junta Directiva de la Universidad UNPI, y escritor de varios libros, tales como, El Cordero Inmolado, Acontecimientos del Fin, entre muchos otros. El pastor, posee una vasta experiencia en el campo misionero Internacional. Ha viajado por Norte, Centro, Sur América, El Caribe, el Medio Oriente y el Norte de África, llevando las Buenas Nuevas de Salvación y Equipando al Cuerpo Ministerial.