Viaje a Israel
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LÍBRAME DE LOS QUE ME SON OCULTOS

El título de esta reflexión es una oración de David a Dios en el Salmo 19:12. Cuando se ora de tal manera, es porque hay un alto concepto sobre la santidad de Dios. Precisamente, lo que hace al pecado tan abominable, es la pureza absoluta del Creador. Dios mide el pecado desde los parámetros de su inmaculada justicia, así que la permisibilidad del pecado en la vida individual es una demostración de adolescencia en cuanto al conocimiento de Dios. En la Biblia, muchos que tuvieron una clara revelación de la santidad de Dios, se vieron a sí mismos como dignos de muerte. Es que la luz de la revelación ilumina el cielo para que podamos conocer a Dios, pero también nos alumbra internamente dejando al descubierto la gravedad de nuestra innata pecaminosidad.
He aquí algunos ejemplos:

Cuando Jacob estuvo una noche en Peniel, en la lucha con el Ángel del Señor, supo que la misericordia divina lo guardó, y agradeció la salvación otorgada: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma (Gn 32:24-30). Cuando Manoa, el padre de Sansón, vio al Ángel de Jehová, le dijo a su esposa: Ciertamente moriremos, porque a Dios hemos visto. Pero ella le respondió que, si Dios les hubiese querido matar, no hubiese recibido la ofrenda de sus manos (Jue 13:22,23). Cuando Isaías vio al Señor sentado en un trono alto y sublime y escuchó a los serafines decir Santo, Santo, Santo, Jehová de los Ejércitos… inmediatamente advirtió: Ay de mí que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al rey Jehová de los Ejércitos (Ver Isa 6:1-5). Cuando Pedro vio frente a sí una gloriosa señal del poder de Jesús, cayó de rodillas ante él, diciéndole: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador (Lc 5:8). En verdad, una revelación clara de la pureza de Dios, deja al descubierto la necesidad humana de ser purificados.

El salmista David conoció la santidad divina en una forma que no imaginamos. En el evento de trasladar el arca a Jerusalén, él vio a Uza perecer por haber tocado el arca del pacto cuando los bueyes tropezaron. La Palabra revela que el monarca temió a Jehová aquel día (Ver 2 S 6:1-9). Pero a la vez, David tuvo luz acerca del Mesías redentor, pues al referirse a él dijo: Veía al Señor siempre delante de mí (Hch 2:25). Por tanto, el rey no permitía la presencia del pecado en su vida, y le dice a Dios: líbrame de los que me son ocultos. 
 
Pudiéramos cometer una serie de errores en el caminar de la fe, por los cuales la conciencia no nos acusaría desmedidamente. Esto no significa que pasen inadvertidos ante Dios. Todas las cosas están desnudas y abiertas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta (He 4:13). Pero nuestra lista de “pecados detectables” pudiera ser mucho más pequeña que la de aquellos que nos pasan inadvertidamente. Lo siguiente es sólo un intento por mostrar los que pudieran ser algunos ejemplos de este tipo de error:

La falta de intercesión por el pueblo, en el caso del liderazgo (1 S 12:23). Amor a las riquezas (Mt 6:14). Malos pensamientos (Mt 15:19). Procurar el primer lugar entre los invitados (Lc 14:10). En este asunto de amar la supremacía, Cristo supo que sus discípulos se habían enfrascado en discutir cuál de ellos sería el mayor (Mr 9:34). También podemos cometer sigilosamente el error de olvidar glorificar a Dios y darle gracias (Ro 1:21). Hacer acepción de personas (Stg 2:1-9). Los hombres casados deben tener cuidado, no sea que dejen de tratar a sus esposas como vasos más frágiles y como a coherederas de la gracia de la vida. Por este error, sus oraciones pudieran ser estorbadas (Ver 1 P 3:7). A Pablo le fue oculto su error de maldecir al sumo sacerdote (Hch 23:5). Al apóstol Juan le fue oculto el error de postrarse delante del ángel que le hablaba, cuando debía postrarse solamente ante Dios (Ap 22:8,9). Respecto a mentir, algunos han pintado este error con una falsa dignidad, al calificar algunas mentiras como piadosas, si son dichas con “buena intención”. Pero la Biblia dice: Ninguna mentira procede de la verdad (1 Jn 2:21)y ordena: No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos… (Col 3:9). Cuando se trata de pecados, el orden es: Primero comprender nuestros propios errores y luego, la corrección del mal en el hermano. Primero hay que dejar de ser ciego, para entonces poder guiar al que todavía lo es (Ver Lc 6:39).

Ahora, la petición de David a Dios: líbrame, deja ver que estos pecados, no tan rimbombantes, son altamente nocivos también. Todo pecado es letal en su efecto (Ro 6:23), aun cuando no venga como una tentación que nos haga temblar (Sal 4:4). Por tanto, el mensaje de Dios tiene estándares como estos: Bienaventurados los de limpio corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5:8). Debemos orar individualmente, líbrame, y con los hermanos, decirle al Padre: no nos metas en tentación, mas líbranos del mal…(Lc 11:4), porque el Señor puede rescatar del hoyo nuestra vida (Sal 103:4), él tiene el poder de librar de tentación a los piadosos (2 P 2:9).

Amados, la buena noticia es esta: Dios ha provisto el remedio absolutamente efectivo contra la transgresión humana. Él envió al Cordero que quita el pecado del mundo (Jn 1:29), el cual tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (Mt 9:6). Dios trató con todos los pecados en la Cruz, los que llamamos grandes y los que catalogamos como pequeños, aquellos de los cuales somos advertidos anticipadamente y los que cometemos sin darnos cuenta. Ahora sabemos que la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado (1 Jn 1:7). Tenemos un mediador para con Dios, a Jesucristo, y el Lugar Santísimo Celestial está abierto para que tengamos libertad de entrar confiadamente al trono de la gracia a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (He 4:16). Debemos confesar nuestros pecados al Señor, y de su fidelidad y justicia brotará perdón y limpieza de toda maldad (Ver 1 Jn 1:9).
¡Anhelo que la gracia divina nos permita ser librados y que podamos ser contados como vencedores! (Ap 2:7,17,26; 3:12,21).

Con un cántico de victoria,

Vuestro servidor,
Pst. Eliseo Rodriguez