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La gran comisión nos lleva lejos

En el momento que escribo este Boletín estoy en Sur América, a más de 6 000 kilómetros de mi casa. Me trajo aquí por unos días la obediencia a un llamado del Señor para ir a las naciones a anunciar el Evangelio y enseñar su Palabra a los obreros. Para los siervos de Cristo, dar la Palabra es una necesidad impuesta y, no hacerlo, significaría un “ay de mí”, como expresó el apóstol Pablo (1 Co 9:16). Cuando el Señor Jesús resucitó victorioso, antes de ascender a la Majestad en las alturas, les dijo a sus discípulos:
Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:18-20).

Es a este mandamiento al que conocemos como la Gran Comisión. En el texto el Señor usa cuatro expresiones que representan cuatro absolutos de su encomienda:

·         Primero les dijo que a él le es dada TODA POTESTAD.
·         Después los manda ir a TODAS LAS NACIONES
·         Les ordena que enseñen TODAS LAS COSAS que él les había mandado.
·        Y finalmente les promete que estará con ellos TODOS LOS DÍAS hasta el fin del mundo.

Cada creyente en Cristo debe hacer suya la responsabilidad de salir a dar el Evangelio a los perdidos. Pablo habló de ello como una deuda que pagar: “A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor” (Romanos 1:14). Cada obrero del Señor debe sentir el peso del encargo del Señor a hablar la Palabra de la reconciliación conforme a 2 Co 5:19. Ayudar en el equipamiento de los siervos del Señor es una comisión que pesa ministerialmente sobre mí, y a cumplir esa encomienda vine a Chile por unos días junto con otros amados pastores y maestros de la Palabra.

Ahora, de las palabras de Cristo en la gran comisión aprendemos estás interesantes lecciones:

Primero, la autoridad para ejercer este trabajo viene de la absoluta potestad que tiene Cristo en el cielo y en la tierra.  La oposición a la predicación del Evangelio y a la enseñanza de la doctrina de Cristo es tan fuerte, que al obrero cristiano le es imperativo ir a laborar en el Nombre del Señor. Quien predica y enseña la Palabra debe conocer a Jesús para que le sea posible contar con la potestad del Señor que le defenderá de los muchos adversarios (Ver 1 Co 16:9).

Segundo, es sobresaliente el alcance territorial de la comisión del Maestro, “todas las naciones”. En el Evangelio de Marcos la frase que se usa es “todo el mundo” (Mr 16:15). Luego, en Hechos 1:8 Cristo dice a sus discípulos antes de ascender: “Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra”. En todo lugar del planeta los seres humanos necesitan a Jesucristo como Salvador, Señor y Maestro. El Evangelio está diseñado por Dios exactamente a la medida de la necesidad humana. El Evangelio es el mensaje que entregar a todo el mundo, brindando perdón a todo el que ha ofendido a Dios. Es el mensaje de redención a todo hombre, que, en todo lugar, esté atado al pecado. Es la invitación divina a todos los sedientos en toda nación para que beban del agua de la vida eterna (Jn 7:37).  El Evangelio es una luz que alumbra a todos los perdidos en todo lugar para que encuentren el camino que los lleva a Dios.
Cuando llegamos a Chile hace tres días, encontré que en la lengua Aymara de este país, “Chile”, literalmente significa, “lo último de la tierra”. Eso viene de acuerdo con el hecho que este es el país más austral del mundo. Qué privilegio el Señor nos concede, de llegar “hasta lo último de la tierra” con la Palabra de vida eterna.

En tercer lugar, nuestra misión reclama que seamos centrados en transmitir las enseñanzas del Maestro. El pidió que enseñáramos todas las cosas que nos ha mandado. El verdadero misionero del Evangelio es un vocero de las enseñanzas de Cristo. Hoy se amontonan maestros que enseñan conforme a sus propias concupiscencias (2 Ti 4:3). Hoy, como en Atenas, lo más deseable al oído parece ser lo que resulte más novedoso (Hch 17:21).  Pero los que vamos a las naciones en el nombre de Jesucristo, tenemos el sagrado deber y el inmerecido privilegio de ser transmisores de lo que nuestro Señor enseñó.  Son las palabras de Cristo las que tienen vida eterna (Jn 6:68) y debe ser nuestra meta entregar intacto el legado de verdades que enseñó aquel quien sólo ostenta ser la Verdad (Ver Jn 14:6 b). La enseñanza pura de esa verdad, tiene la autoridad de pedir una conducta acorde a ella. Eso fue lo que pidió el Señor: Enseñándoles que guarden…

Finalmente, el Señor nos promete que podemos contar con su presencia constante mientras obedecemos la gran comisión. Esto es una promesa fortalecedora para el misionero de Cristo.  Mientras ejercemos el ministerio en la autoridad del Señor, mientras vamos a todas las naciones a predicar y enseñar, sin duda, se presentan situaciones cuando el temor parece hacer presa de nuestra alma. Entonces, la voz del Señor nos da aliento al oírle decir: “Yo estoy con vosotros todos los días y hasta el fin del mundo”. El versículo deja ver entre líneas que el Señor espera de la iglesia que su labor misionera sea hasta el fin.  Y si así hace, también diariamente y hasta el fin, él estará con su iglesia. Todos los días del misionero en disímiles lugares del planeta no serán fáciles, pero aún en los días más difíciles, el Señor estará con sus siervos.

¡Amados, vayamos en obediencia a cumplir la gran comisión! Esta no se hace solamente con los pies de los que van, sino con las rodillas de los intercesores y con el sustento de los que ofrendan para el cumplimiento de la gran comisión. Oramos al Señor para que cada uno pueda hacer su parte y que cuando Cristo venga nos encuentre haciendo así.

Desde Santiago de Chile, Sur América y en cumplimiento de la Gran Comisión,

Soy vuestro servidor,

Pst. Eliseo Rodríguez
Iglesia Monte de Sion
Christian Zion University.