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¿CÓMO PUEDO OLVIDARME DEL CIELO?

Me senté frente al televisor y lo vi que le decía a su congregación: Olvídate del cielo. Me golpearon sus palabras. La vida es aquí, la batalla es aquí. No te pongas a estar pensando en el cielo, – decía. Soporté verlo terminar su alocución con la esperanza que estaría usando el recurso de la ironía para luego animar a sus oyentes a mirar hacia lo eterno. Pero me frustré. El mensaje era absolutamente humanista.

Es cierto que un creyente no se debe acostar a dormir hasta que suene la trompeta para irse al cielo. Tenemos asignaciones muy importantes qué realizar en esta tierra. Cristo dijo: Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo (Jn 9:5). Así, nosotros en él, somos también luz del mundo (Mt 5:14). Es aquí que tenemos que alumbrar. Es verdad también que una posición de pereza respecto a la evangelización pudiera arriesgar la salvación de muchas almas por las que Cristo murió. De igual manera, en esta esfera terrenal percibimos la lucha frente a las asechanzas del diablo (Ef 6:10-12). La posición correcta no es esperar inactivos a que algún día Cristo nos lleve con él, y permitir ahora que el enemigo mate, hurte y destruya a nuestro derredor (Ver Jn 10:10).

Pero hay una gran contradicción en que se invite a alguien a triunfar en esta tierra, precisamente, olvidándose del cielo. Entonces pensé:

¿Cómo puedo olvidarme del cielo si tengo que ser la luz del mundo? La mujer Sunamita conoció a través del testimonio de Eliseo algo que no era manifiesto en los hombres de su comunidad. Así describió su asombro: He aquí ahora yo entiendo que este que siempre pasa por nuestra casa, es varón santo de Dios (2 R 4:9). Había una conexión evidente entre aquel que transitaba en Sunem y el Dios que habita en el cielo. En el Evangelio, sólo el que sigue a Jesús tendrá la luz de la vida (Jn 8:12). Por tanto, el dar testimonio al mundo con una conducta piadosa está reservado para quienes permanecen en Cristo; él es nuestra santificación. Si permanecemos en él llevamos mucho fruto, pero separados de él nada podemos hacer (Jn 15:5; 1 Co 1:30). Nosotros alumbramos al mundo porque Cristo, el sol de Justicia, nos alumbra (Ver Mal 4:2).

Además, ¿Cómo puedo olvidarme del cielo ante la responsabilidad de la evangelización y el discipulado que se me ha encomendado? Tenemos el deber de presentar al Cristo que murió por nuestras transgresiones y resucitó para nuestra justificación, el mismo que se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (Ro 4:24,25; He 1:3). Debemos proclamar que él regresará pronto para arrebatar a su iglesia y llevarla, precisamente, al cielo (Ver 1 Ts. 4:16,17). Al mismo tiempo, el poder que se necesita para predicar, se ofrece gratuitamente desde arriba. Cuando descendió sobre los discípulos en Pentecostés, la manifestación de ese poder vino del cielo… (Hch 2:2). Aun las puertas para la evangelización aquí en la tierra, las abre el Señor desde el cielo (Ver 1 Co 16:9). La obra del discipulado requiere, también, que enseñemos a los hermanos a buscar las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Así enfatiza el perito de la fe: Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra… vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3:1-3). Una de las primeras asignaturas que deben recibir los que han aceptado a Cristo, es esta enseñanza sobre inmigración: … nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo… (Fil 3:20).

Y me vuelvo a preguntar: ¿Cómo puedo olvidarme del cielo y pretender así ser vencedor contra las asechanzas de Satanás? Nosotros no tenemos lucha contra sangre y carne. Las huestes malignas que nos atacan están en las regiones celestes. Así que, la dirección de nuestra fortaleza es, precisamente, el cielo: Fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza. En verdad, nuestra protección contra el enemigo, es la armadura de Dios, del Dios que está en el cielo (Ver Ef 6:10-12). Un jovencito de Belén llamado David se enfrentó en la tierra a un experimentado gigante. En la historia se evidencia que la seguridad del primero estaba en el cielo. Por tanto, le dijo al arrogante filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré… Y sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla… (1 S 17:45-47). Cuando el mismo David enfrentaba las ofensivas de Saúl, Jonatán discernió que la competencia de su amigo estaba en el cielo. Por eso fue a encontrarlo y fortaleció su mano en Dios (Ver 1 S 23:15,16). Es el Dios de paz quien aplastará en breve a Satanás bajo nuestros pies (Ro 16:20).

Finalmente, ¿Cómo puedo olvidarme del cielo si, estar en el cielo con Cristo, ha sido la esperanza bienaventurada de los cristianos a través de dos milenios? Las cosas que la Biblia dice del cielo son tan preciosas, que un verdadero creyente podría decir con Pablo: …estar con Cristo… es muchísimo mejor (Fil 1:23). Es tan importante el cielo que, cuando seamos perseguidos por nuestra fe, debemos gozarnos porque nuestro galardón es grande en los cielos (Mt 5:12). El cielo es la casa de nuestro Padre, donde hay muchas moradas. Cristo fue allí a prepararnos lugar y regresará para llevarnos a vivir con él en ese dulce hogar (Jn 14:2,3). El cielo es el lugar donde los hijos de Dios, juntamente con Cristo, seremos glorificados (Ro 8:17). En esta tierra sólo entendemos en parte, pero cuando estemos en el cielo, lo que es en parte se acabará. Aquí vemos oscuramente, pero allá veremos cara a cara (1 Co 13:9-12). Además, a los que acaban bien la carrera en esta tierra, en el cielo les está guardada la corona de justicia, la cual dará el Señor a todos los que aman su venida (2 Ti 4:8). Ciertamente, la esperanza de vivir en el cielo es firme ancla del alma, la cual penetra hasta dentro del velo donde Jesús entró por nosotros como precursor (Ver He 6:18,19). Si alguna vez sentimos que no tenemos mucho aquí, recordemos que en el cielo tenemos una mejor y perdurable herencia que es incorruptible, incontaminada e inmarcesible (He 10:34; 1 P 1:4). ¡Que aliento se recibe al saber que el cielo es la patria que buscaban los héroes de la fe, y la consideraron mejor que la terrenal! Por tanto, el Señor no se avergonzó de llamarse Dios de ellos, y, en aquella misma patria, les ha preparado una ciudad (He 11:14-16). Ahora recuerdo que Juan vio descender del cielo la santa ciudad, la nueva Jerusalén donde viviremos los redimidos eternamente (Ap 21:1-3). No puedo esconder mi gozo al recordar que el cielo es el lugar donde seremos semejantes a Cristo porque le veremos tal como él es (1 Jn 3:2). Y si el partir de aquí causara algún temor, este debería desaparecer cuando entendamos que, en el cielo, los que han sido fieles hasta la muerte, recibirán del Señor la corona de la vida (Ap 2:10). Y cuando atravesemos el valle de lágrimas debemos recordar que el cielo es un lugar donde las lágrimas serán enjugadas y donde no habrá muerte, ni más llanto, ni más clamor ni dolor (Ap 21:4).

Amados, el cielo significa más para nosotros cuando …sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos (2 Co 5:1,2). Por favor, ¡No nos vayamos a olvidar del cielo! Más bien, alcemos la mirada e, individualmente, digamos a Dios con el Salmista: Me has guiado según tu consejo y después me recibirás en gloria. ¿A quien tengo yo en los cielos si no ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra (Sal 73:25).

Recordemos que las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas (2 Co 4:18).

Con un canto de esperanza,

Pst. Eliseo Rodríguez
www.iglesiamontedesion.org
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